Como uno de tantos efectos indeseables de la pandemia por Covid-19, se ha hecho notar una intervención más intensa de numerosos gobiernos intentando imponer a la sociedad diversas arbitrariedades con pretextos, por ejemplo, como el de cuidar los sistemas de salud.
Además, cada día, algunos miembros de las burocracias de los organismos multilaterales —que no representan en la comunidad global más que los intereses de las diminutas minorías que los han seleccionado y designado como sus representantes—, se atreven a presionar de manera ilegítima a las sociedades y a sus gobiernos pretendiendo imponerles ideas, credos, acciones y pseudoderechos y obligaciones, olvidándose de su función propia: vigilar la aplicación del derecho internacional y coadyuvar a su respeto. Exceden, pues, en forma grotesca, ese papel para el que tales organismos —como la ONU, la OEA, la Unesco—, han sido creados y cuyo fruto, si trabajaran para garantizar la justicia, debería ser la paz.
Diferentes observadores opinan que, en ese ambiente de confusión, el autoritarismo y la arbitrariedad de los líderes políticos han aumentado, así como, en consecuencia, la afectación a los derechos humanos de los ciudadanos, a despecho de la democracia que, se supone, rige en muchos de esos países.
En efecto, como resultado de la deformación de la cultura; es decir, del conjunto de los valores humanos orientadores del sentido de la existencia, que durante milenios ha estado vigente, los gobernantes se han alejado de la razón atrincherándose en posicionamientos ideológicos “dizque, políticamente correctos” que contradicen, abiertamente, incluso la realidad evidente que puede ser, y es captada, de forma inmediata.
El capricho de esas burocracias parece llegar hasta el ridículo negando, por ejemplo, a los individuos libres que conforman la ciudadanía de las naciones afectadas, expresar de modo abierto, y en paz, cada vez que nace una criatura, la respuesta a las preguntas que surgen de manera espontánea: ¿a cuál de los dos sexos posibles pertenece?, ¿es una niña o un varón?, con todas las consecuencias naturales de tal constatación.
Lo anterior, sin menoscabo del derecho de quienes, como adultos libres y, por ende, responsables, elijan otras opciones que, a todas luces, son minoritarias y que, desde luego, no pueden incluir la facultad de imponer sus particulares puntos de vista al resto de la sociedad, en especial a los menores, por ninguna vía, mucho menos por la fuerza y la violencia pseudolegal, propagandística, psicológica, afectiva, u otras cualesquiera de sus posibles variantes.
La vuelta a la sensatez no será sencilla. Por el contrario, requerirá de una lucha colosal para vencer los poderosos intereses que pretenden detentar, conservar y acrecentar el poder social, económico y político, al servicio de personas, grupos y partidos, atropellando a la persona, la familia y a la patria potestad, deformando la educación convirtiéndola en adoctrinamiento, obstaculizando el derecho a la libertad de asociación, de trabajo, de libre expresión de las ideas y de práctica religiosa, haciendo caso omiso de lo único que podría legitimar su función en el ejercicio del servicio de la autoridad; es decir, porque estuvieran en el empeño de la consecución del bien común.
¿Qué respuesta tienen los falsos profetas ante el futuro indefectible de todos, sin excepción?, ¿la muerte? Nosotros debemos insistir en la dimensión trascendente de la persona humana, llena de la esperanza que no falla, porque está sostenida en el Señor.
La respuesta a largo plazo está en que los jóvenes, mujeres y varones, desarrollen un sentido crítico para discernir, en conciencia, lo que les convenga, evitando ser arrastrados por las consignas de abundantes medios, ahora poderosos mediante los recursos cibernéticos y las redes, que no pueden convertir sus mentiras en verdades, aunque las repitan machaconamente.
Entérate de éste y otros temas publicados en nuestro número más reciente en: https://issuu.com/notiuic/docs/notiuic_octubre-noviembre_2022